
Las monedas que les dieron a cambio
Había un muchacho llamado Antonio algo curioso que vivía en una pequeña casa en un campo. Desde la ventana de su habitación se elevaba una loma en la que de noche se veía un pequeño destello. El muchacho se extrañaba cada vez que lo veía porque no creía que alguien se atreviera a escalar dicha loma en la noche y emitir luces con la linterna. Habló a sus amigos sobre el asunto y ellos, afirmando que habían visto los destellos, decían que probablemente se trataba de campistas. Esta suposición no satisfajo a Antonio y él mismo sintió que era hora de hablar con su abuela, que usualmente estaba pendiente a todas esas cosas raras. La abuela se sentó seria quitándose los lentes y dijo:
- Dudo que sean campistas, sólo los ignorantes y los jóvenes dicen eso. Se cuenta que hace mucho tiempo un traficante de órganos escondió allí todo el dinero y las joyas que había ganado vendiendo los corazones de sus víctimas. Los que saben de ello no quieren subir a tomarlo porque se dice que el tesoro sólo aparece de noche y además está maldito. Quien no quiere caer en sufrir mejor que ni lo mire.
Aquella explicación había sido un gran error de la abuela puesto que Antonio esa misma noche se escapó por la ventana y comenzó a subir el cerro en medio de la oscuridad con una linterna que apenas podía iluminar las piedrecitas que estaban a un metro de sus pies.
Subía y subía duramente a través de los matorrales y las ramas crujiendo en el suelo, haciéndose magulladuras con los tallos y pelados con los ramilletes rotos. Finalmente alcanzó la cima y:
- ¡¡AHHHHHHHHHHHHHH!!.
Metros abajo la abuela se sobresaltó de la cama sudando y exclamó:
- ¡Ya acabaron con algún codicioso!
Pasaron varios días y Antonio no aparecía por ningún lado hasta que se decidió a hacer una expedición diurna hacia la loma para ver si era hallado allí el pobre chico. En efecto, tirado sobre las hojas de secas caídas había un muchacho todo arañado y golpeado que llevaba una expresión de terror en la cara. Un poco más abajo de su cuello había un gran hoyo ensangrentado en su pecho que indicaba que le habían sacado el corazón. En sus intactas manos había un montón de billetes de dinero y una cadena de oro.
Había un muchacho llamado Antonio algo curioso que vivía en una pequeña casa en un campo. Desde la ventana de su habitación se elevaba una loma en la que de noche se veía un pequeño destello. El muchacho se extrañaba cada vez que lo veía porque no creía que alguien se atreviera a escalar dicha loma en la noche y emitir luces con la linterna. Habló a sus amigos sobre el asunto y ellos, afirmando que habían visto los destellos, decían que probablemente se trataba de campistas. Esta suposición no satisfajo a Antonio y él mismo sintió que era hora de hablar con su abuela, que usualmente estaba pendiente a todas esas cosas raras. La abuela se sentó seria quitándose los lentes y dijo:
- Dudo que sean campistas, sólo los ignorantes y los jóvenes dicen eso. Se cuenta que hace mucho tiempo un traficante de órganos escondió allí todo el dinero y las joyas que había ganado vendiendo los corazones de sus víctimas. Los que saben de ello no quieren subir a tomarlo porque se dice que el tesoro sólo aparece de noche y además está maldito. Quien no quiere caer en sufrir mejor que ni lo mire.
Aquella explicación había sido un gran error de la abuela puesto que Antonio esa misma noche se escapó por la ventana y comenzó a subir el cerro en medio de la oscuridad con una linterna que apenas podía iluminar las piedrecitas que estaban a un metro de sus pies.
Subía y subía duramente a través de los matorrales y las ramas crujiendo en el suelo, haciéndose magulladuras con los tallos y pelados con los ramilletes rotos. Finalmente alcanzó la cima y:
- ¡¡AHHHHHHHHHHHHHH!!.
Metros abajo la abuela se sobresaltó de la cama sudando y exclamó:
- ¡Ya acabaron con algún codicioso!
Pasaron varios días y Antonio no aparecía por ningún lado hasta que se decidió a hacer una expedición diurna hacia la loma para ver si era hallado allí el pobre chico. En efecto, tirado sobre las hojas de secas caídas había un muchacho todo arañado y golpeado que llevaba una expresión de terror en la cara. Un poco más abajo de su cuello había un gran hoyo ensangrentado en su pecho que indicaba que le habían sacado el corazón. En sus intactas manos había un montón de billetes de dinero y una cadena de oro.
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